Menos gurús y fórmulas mágicas: el sector demanda concreción

Cierre temporal de los hoteles y demás modalidades de alojamiento, caída de la demanda, ocupación bajo mínimos, cancelación de miles de vuelos, profundas alteraciones en los panoramas de la turoperación y la intermediación, restricciones de movilidad, merma del poder adquisitivo… Miedo.

La actual crisis económica, derivada de la pandemia provocada por la irrupción del Coronavirus, no deja títere con cabeza, y sigue azotando sin piedad al turismo mundial y, en especial, al de nuestro país. Los principales actores de la industria, sumidos en la incertidumbre, permanecen a la espera de una reacción, en forma de instrucciones precisas, por parte de un Gobierno de España desbordado, que dé respuesta, en alguna medida, a la gravedad de una situación que empeora cada día que pasa.

Según parece ahora, la implantación de un Protocolo Sanitario, tardará todavía un mínimo de tres semanas en llegar, toda una vida, y en él parece ser que se abordarán cuestiones como los aforos, el uso de tecnología para el control, la trazabilidad, controles de temperatura, relaciones sociales en espacios comunes, estándares de limpieza, procedimientos en transporte, formas de abrir las playas, controles y seguridad en aeropuertos, etc.

Pero es que además del cómo, preocupa, y mucho, el cuándo, una cuestión que plantea la necesidad inminente de fijar, también, un calendario del proceso de desescalada del confinamiento, que permita a los hoteles hacer una previsión realista de la inversión que deberán acometer para estar preparados para su reapertura o, en su defecto, para tomar la dura decisión de permanecer cerrados al público, si su modelo de negocio se desvela como incompatible con la rigidez de las medidas de adecuación.

El sector de la hotelería, desesperado e invadido por el escepticismo a partes iguales, comienza a dar serias muestras de rechazo a la formulación de hipótesis basadas en meras especulaciones, y demanda, por encima de todo, concreción y sentido de la responsabilidad. Tanto es así que, lejos de dejarse arrastrar por la desidia ajena y cruzarse de brazos ante la sensación de abandono, son muchas las instituciones privadas que, tomando la iniciativa, se han aventurado a elaborar y presentar propuestas de carácter particular que, con la pretensión de enmendarle la plana a nuestros dirigentes, aspiran a acelerar la ansiada e imperante vuelta a la actividad. Gestos que, sin duda, son de agradecer.

Por lo contrario, en este complejo contexto de confusión generalizada, resulta de poca ayuda la inesperada emergencia oportunista de expertos con vocación visionaria en todos los ámbitos y materias imaginables que, barajando una infinidad de posibles escenarios futuros, acompañan sus brillantes teorías de consejos y soluciones carentes, de momento, de fundamento. Si inicialmente todos caímos en la tentación de sugerir los pasos que parecían lógicos para mitigar, por ejemplo, el impacto de la avalancha de cancelaciones, ahora lo más sensato parece ser acogerse al “yo solo sé que no sé nada” y limitarnos a medir e informar, aportando datos fiables, sostenibles y realistas.

En lo que sí parece existir un consenso unánime es en el hecho de que el dichoso virus dejará tras de sí un panorama enrarecido y plagado de cambios y de dificultades. Nada será, a corto plazo, ni parecido a lo que conocíamos. Y cuando llegue el momento de retomar la actividad, Dios quiera que sea muy pronto, tendremos que apoyarnos en el análisis pormenorizado del destino, de la oferta, de la demanda, de la ocupación, del precio, de la turoperación y de la distribución en general, para elaborar estrategias y trazar planes de acción, siempre respetuosos con las recomendaciones e imposiciones vigentes de los pertinentes ministerios, previsiblemente destinadas a garantizar la seguridad de los huéspedes y trabajadores, a combatir el miedo a viajar, y a recuperar nuestra imagen de destino de confianza.

Hasta entonces, por favor, menos gurús y fórmulas mágicas. El sector demanda concreción.